Opinión
Michelle Pfeiffer sabe reírse de sí misma
Por Fernando López.
Otras estrellas se pelean por la luz de los focos; buscan el lugar más iluminado de la escena, el personaje más glamoroso y llamativo. Michelle Pfeiffer no: en la ficción, casi siempre eligió un perfil más reservado, acorde con su estilo personal, lo que quizá le quitó presencia en los medios, pero le sirvió para proteger su privacidad. Alguna vez se dijo a sí misma: "O tomas las riendas de esto o arruinará tu vida", y empezó a poner límites. Sólo ella sabe cuánto le costó llegar a hacer las paces con la fama. Que le estaba destinada, inevitablemente, porque su belleza, al mismo tiempo felina y melancólica, venía acompañada por verdadero talento, como lo demostró desde su primer compromiso importante (tomar el lugar de Olivia Newton John en Grease 2) y aunque el film resultara un fiasco. La bella cajera de un supermercado de Santa Ana, que había llegado al espectáculo después de ser coronada Miss Orange County no fulguró desde el principio, como tampoco lo hicieron Marilyn o Marlene, pero llamó la atención cuando le puso espesor dramático a la fría y hastiada muñeca amante de Al Pacino en Caracortada (Brian de Palma, 1983) o cuando se dejó seducir por el hechizo mefistofélico de Jack Nicholson en Las brujas de Eastwick (George Miller, 1987). Enseguida vendría el decisivo 1988 para exponer su versatilidad: irreconocible con su pelo oscuro y más graciosa que nunca, sedujo primero como comediante en Casada con la mafia (Jonathan Demme), para después terciar en la amistad entre un traficante presuntamente retirado (Mel Gibson) y un policía famoso (Kurt Russell) en Traición al amanecer (Robert Towne) y finalmente para exponer su sensibilidad como la bella esposa víctima de los juegos perversos de un par de aristócratas en Relaciones peligrosas (Stephen Frears).
Ya era una estrella consagrada y reconocida (por el film de Frears fue candidata al Oscar a la mejor actriz de reparto), pero le faltaba todavía enloquecer a los hermanos Bridges, a toda la platea masculina (y a los votantes de la Academia, que le dieron su primera nominación como actriz protagónica) cantando "Makin Whoopee", mientras se deslizaba sensualmente sobre un piano de cola en Los fabulosos Baker Boys y enfundarse el ceñido traje de Gatúbela para demostrar en Batman regresa (Tim Burton, 1992) que nadie más que ella podría conferir al personaje una voluptuosidad tan felina. Todavía faltaba otra candidatura al Oscar (por Conflicto de amor (1993) y uno de los personajes más ricos que le deparó su carrera: la excéntrica e independiente condesa Olenska de La edad de la inocencia (Martin Scorsese, 1993).
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Empezó por entonces a espaciar sus apariciones en el cine (que, por cierto, no siempre supo elegir bien): había formado un hogar (con el guionista y productor David E. Kelly) y supeditaba todos sus compromisos profesionales a la crianza de sus dos hijos. Ahora que ellos son teenagers , que está a punto de cumplir los 50 y es casi un ejemplo andante de los beneficios de una vida sana (está tan radiante como siempre) puede además atreverse con un tema que para otras beldades veteranas sería tabú: el paso de los años.
Acaba de exhibir ese buen humor en El novio de mi madre , en la que se pone en los zapatos (y en los conflictos) de una cuarentona enamorada de un muchacho de 29. Podría asegurarse que Michelle se divirtió allí tanto como lo había hecho con la malvada de historieta de Hairspray y con la bruja de increíble longevidad que recuperaba la juventud devorando corazones de jovencitas inocentes en Stardust, el misterio de la estrella . Se entiende que por esos tres films, estrenados en 2007, se haya vuelto a hablar de Pfeiffer y se la haya señalado como protagonista de "el regreso del año". En buena hora.
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