MICHELLE PFEIFFER
EL TIEMPO Y LA BELLEZA
HA SIDO SIEMPRE EPÍTOME DE LA BELLEZA CINEMATOGRÁFICA: SERENA, SENSIBLE, MISTERIOSA. TRAS SU RETIRO TEMPORAL, MICHELLE PFEIFFER PROTAGONIZA VARIAS PELÍCULAS EN LAS QUE SU ENCANTO Y DISCRECIÓN SEDUCEN MÁS QUE NUNCA.
En 2002, tras encadenar una serie de triunfos como Historia de lo nuestro, Lo que la verdad esconde, Yo soy Sam, cuando los elogios por su trabajo en La flor del Mal eran unánimes y las productoras la reclamaban como garantía de éxito, ni ella misma sabía que se alejaría tanto tiempo del cine. Michelle Pfeiffer (Santa Ana, California, 29 de abril de 1958) asegura que no se trató de una decisión racional, sino que fue su subconsciente el que le llevó a rechazar sistemáticamente los guiones que recibía, y ello debido, probablemente, a su ansiedad por vivir un tiempo lejos de los focos y dedicarse a su marido, a sus hijos, a sí misma... Hoy, un lustro después, la que fuera Miss Orange Country en 1978 ha vuelto, y con ganas, pues en menos de dos años ha participado en cuatro películas (El novio de mi madre, Stardust, Hairspray y El príncipe y el mendigo). Sí, Michelle —que el verano pasado ha inscrito su nombre en el "Paseo de la Fama" de Hollywood— ha vuelto, tan bella como siempre, si cabe, aún mejor actriz y, según parece, con la intención de quedarse, de no volver a desaparecer, pues ha declarado, para el júbilo de todos sus admiradores: "Ahora que estoy trabajando de nuevo me doy cuenta de que realmente me gusta esto".
Ha sido usted tres veces candidata al Óscar y es una actriz conocida en todo el mundo. Su carrera abarca más de 25 años y ha aparecido en 36 películas, algunas tan exitosas como El precio del poder, Los fabulosos Baker Boys y Batman vuelve. Tras una ausencia larga, ¿qué le ha convencido a volver a actuar?
Ante todo, que me gusta trabajar. Si no fuera madre trabajaría todo el tiempo. Siempre me ha gustado. Empecé con 14 años. No disfruto sentada sin hacer nada. Me gusta sentirme productiva.
Por cierto, ¿recuerda cuál era su juguete preferido de pequeña?
¿Mi juguete preferido? Pues tenía una Barbie con pelucas intercambiables. ¿Recuerda esas Barbie? Ahora valen una fortuna. Me encantaba esa muñeca...
Debutó usted en 1980 en la película The Hollywood Knights. Sin embargo, fue en 1983, cuando participó con Al Pacino en El precio del poder, de Brian de Palma, en una interpretación que captó de inmediato la atención de Hollywood. ¿Cómo llegó usted al cine? ¿Fue la realización de un sueño o...?
Más bien fue casualidad. Soy hija de un ama de casa (Donna Taverna, ndr) y del propietario de una empresa de instalación de aire acondicionado (Richard Pfeiffer, ndr). Crecí en Midway Cita unas 30 millas de Los Ángeles. En realidad, yo empecé a formarme en el Golden West Community College para ser reportera judicial, pero en algún momento decidí abandonarlo y empezar a seguir cursos de actuación. Debió de ser en ese momento cuando me decidí.
¿Recuerda cómo fue?
Claro. Un amigo mío conocía un concurso de belleza en el que uno de los componentes del jurado era un agente comercial conocido por fichar a chicas y... Era mi oportunidad. Así, en 1978 participé y gané el concurso de belleza Miss Orange County. Después me inscribí al concurso de Miss California, que no gané, pero gracias al cual conseguí un representante que me ayudó a empezar a aparecer en anuncios publicitarios y a conseguir pequeños papeles en películas y series de televisión...
Durante los años 80 y 90 protagonizó usted una serie de éxitos de taquilla y de crítica, entre los que se incluyen: Lady Halcón, Las brujas de Eastwick, Casada con todos, Conexión Tequila, La casa Rusia, Frankie y Johnny, Batman vuelve, La edad de la inocencia, Mentes peligrosas, Un día inolvidable. Y en cuanto a premios, tres nominaciones al Oscar, el premio de la British Academy por su papel en Las amistades peligrosas el Oso de Plata del Festival Internacional de cine de Berlín por Por encima de todo. En 1995, fue galardonada con el Premio Hasty Pudding Woman of the Year por la Universidad de Harvard por su contribución a las artes escénicas, que cada año otorga la compañía de teatro estadounidense Hasty Pudding Theatricals, y que sólo es concedido a las actrices que han realizado una "duradera e impresionante contribución al mundo del espectáculo". Este galardón le hace figurar a usted entre actrices de la talla de Katharine Hepburn, Elizabeth Tailor y Meryl Streep. ¿Cómo se consigue éso? ¿Cuál es el secreto?
Mil gracias, me abruma usted. En cuanto a su pregunta, la verdad es que sólo conozco una respuesta, y más bien corta. El "secreto" es intentar ponerte en una situación real y actuar en consecuencia.
Para su regreso ha elegido usted personajes muy complejos, no exentos de maldad. ¿Qué le atrajo tanto de ellos?
No lo sé. En principio, me gusta cualquier tipo de personaje, pero quizás sea verdad que tengo cierta predilección por los seres dañados. Es más, cuanto más trastornados, mejor.
¿Por qué motivo?
Porque pienso que, paradójicamente, se acercan más a la gente real, pues todos tenemos una parte buena y una parte mala... Desde luego, interpretar a personajes como Lamia o VelmaVon Tussle implica el riesgo de sobreactuar. Es como caminar por la cuerda floja todo el tiempo, pero es justamente lo que hace que resulte mucho más emocionante.
En Stardust interpreta a una bruja que intenta desesperadamente conservar su juventud y su belleza. ¿Cree que las mujeres esán obsesionadas por su apariencia?
Este era el tema que más me interesaba: cómo bromear y arrojar algo de luz sobre esa búsqueda de la eterna juventud, sobre todo lo que las mujeres están dispuestas a hacer para conseguirla, sobre cómo nos dañamos al hacerlo, y sobre cómo la sociedad en general está obsesionada con la juventud.
Su personaje parece ser alguien que intenta conservar su vida y su magia, pero hay un momento en el que de hecho se transforma físicamente en algo que sobrepasa lo humano. ¿Qué sabía acerca de esa bruja?
Bueno, que llevaba viviendo unos 5.000 años. Todo lo que había en "el otro mundo", en cambio, decidimos improvisarlo. En realidad, estas brujas estaban llegando al final de su ciclo de vida, por lo que su forma de proceder no es sólo de una cuestión de vanidad, sino un asunto de vida o muerte.
La mayoría de las niñas están fascinadas por las brujas. ¿Le ocurría lo mismo a usted de pequeña? ¿Sentía usted atracción por las brujas?
La verdad es que no. A mí no me interesaban ni las brujas ni las hadas: yo era una especie de marimacho, me gustaba tirarme por el barro y pelearme con los chicos.
¿Marimacho?
Pues sí. Siempre lo he sido. Mis profesores solían escribir en mis notas escolares: "Michelle es una de las chicas más altas de la clase", lo cual era un cumplido para mí, aunque lo que yo realmente quería era pasar desapercibida. Por otra parte, mi madre siempre me cortaba el pelo a lo duende, con lo que no quedaba nada de femenino en mí.
En 1981 se casó con el actor Peter Horton del que se divorció siete años después, cuando se encontraba en la cumbre de su carrera. Se la ha vinculado sentimentalmente a los actores Val Kilmer, John Malkovich, Michael Keaton y Fisher Stevens. Luego, en 1993 se casó con el productor David E. Kelley (creador de series como Ally McBeal). De su unión nació, en 1994, su hijo, John Henry. Sabemos que, desde entonces, dividen su tiempo entre sus casas en Los Ángeles y en California del Norte. No vamos a hacerle una pregunta amarilla, pero díganos: ¿Qué cree que se le da a usted realmente bien y qué, en cambio, hace realmente mal?
Pues mire: no se me da nada bien poner al día mis cuentas, y eso pese a que me gustan las matemáticas.Tampoco se me da bien devolver las llamadas telefónicas. Por contra, se me da bien crear cosas, construirlas, ordenar. Un día desmonté algunas luces fijas del techo de mi casa y cuando el electricista vino al día siguiente dijo:"Solo quiero que sepa que puede llamarnos, que no tiene porqué hacerlo usted".
Una vez, en una entrevista, contó usted que estaba construyendo una valla alrededor de su casa...
Lo que construí fue una casita de juegos para mis hijos: una casita para jugar. Me gusta construir cosas, me divierte.También me encanta hacer punto. Soy una especie de aspirante a Martha Stewart.
Señora Pfeiffer, en una de las rarísimas entrevistas que ha concedido usted durante los cinco años que ha pasado alejada del mundanal ruido, habló sobre la cirugía plástica, afirmando esperar ser "lo bastante valiente para envejecer con elegancia".También comparó su belleza con una "maldición", asegurando que estaba convencida de que en su carrera su físico a menudo ha sido un verdadero obstáculo para conseguir papeles serios y que en muchas ocasiones ha eclipsado su capacidad para actuar. Ahora, tras su regreso, ¿sigue pensando lo mismo?
Sin ninguna duda, me reafirmo en cada una de mis palabras. La belleza es siempre un arma de doble filo.
LA MALDICIÓN DE LA BELLEZA
POR CARLOS MARAÑON
Desde su irrupción en 'Grease 2' hasta su consagración con 'Las amistades peligrosas' y 'Los fabulosos Baker Boys', Michelle Pfeiffer ha significado siempre la belleza más pura. Ella insiste en que ha sido una "maldición", que ha impedido que la gente viera a la actriz. Por otro lado, nadie como ella misma para hablar de sus carencias: afirma que más bien parece un chico, pero en su rostro de líneas angelicales parece haberse hecho carne la idea misma de la belleza femenina. Te mira con esos ojos azules y, al tiempo que te deslumbra la inusitada perfección de su cara, aflora una timidez congénita, un increíble miedo a no gustar. Tal vez por eso su rostro es el de la inocencia, tal como lo vio Martin Scorsese. Su cara es suave en las curvas que lo definen; suaves los perfiles de sus cejas afinadas, que marcan un ángulo no agresivo; suave su mentón, que sólo sobresale para reducir el impacto de sus maxilares. El pentágono de su cara se hace así más espiritual, gracias a que la barbilla corrige la contundente anchura de su rostro; suaves sus labios, que dibujan perfiles de dunas y, en conjunto, una sonrisa modesta, tímida. Mas la suavidad máxima está en esos pómulos marcados y no tan elevados como los de los comunes mortales, en las curvas a ambos lados de su breve nariz, mientras, en lo alto, su frente invita a caricias tanto en el sentido de su anchura como en la de su notable altura; y en sus ojos, de un azul tan transparente que inspira confianza, el azul de una laguna de alta montaña en un día despejado de invierno, así de plácidos, así de ingenuos, como si en ellos se reflejara el mundo el día mismo en que lo creó un dios tranquilo. El milagro de la creación en el rostro de una chica sencilla de California.
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